LA INCREÍBLE Y TRISTE HISTORIA DE JOHN KENETH BIDET

Contando su vida, homenajearemos hoy a John Keneth Bidet, el insigne sanitario galés que inventó el artefacto que lleva su nombre. ¡A qué injusto olvido ha sido condenado el ser humano que se oculta tras ese apellido! ¡Cómo haríamos hoy para lavarnos los pies o dejar los calzoncillos en remojo si no fuera por su creación! Ya es hora de que la humanidad toda conozca de una buena vez la azaroza vida de este benefactor de ella misma y le rinda los honores que tanto merece.

John Keneth Bidet vio la luz el 1º de Enero de 1809, pero su madre (Virginia) abandonó el hogar a poco de su nacimiento, cuando su esposo (Archibald) descubrió que ella no era la madre de su hijo. Fue así que John se crió huérfano de madre en la ahumada ciudad de Cardiff, ayudando al padre en su oficio de deshollinador. Es probable que de esa época datara el mote de “el negro John” con el que sería luego conocido en los piringundines de Cardiff. De todas maneras, su padre lo defenestró en 1824, cuando descubrió que en realidad, además de no ser hijo de su madre, John tampoco era hijo suyo sino del sodero.

Tirado que fue por la ventana, John culminó su brusco descenso en el taller del sanitario Peter Canthropus, quien enseguida le ofreció convertirle en aprendiz. Vistas las circunstancias, Bidet aceptó la proposición inmediatamente. Pasados los años, y ganada una considerable experiencia en esos asuntos de la técnica sanitaria; tras una larga noche de parranda por los burdeles de Cardiff, John tomó tres decisiones trascendentales: hacerse adicto al rapé, llamarse a celibato, e inventar un artefacto que en el futuro evitara a los demás penalidades similares a las por él sufridas durante esa larga e inolvidable noche del tórrido verano de 1852.

Bidet no cejó en su empeño hasta concretar su sueño el 30 de noviembre de 1899, cuando registró el “Bidet” en la oficina de patentes de Newport. Poco después, vendió sus derechos por 300 guineas a la firma Hound & Dogbrand de la ciudad de Londres, y se retiró a su querida ciudad de Cardiff, donde falleció el 30 de febrero de 1909 en una cómoda posición: acostado.

Claro, Bidet no supo nunca que las usuarias del generoso implemento por él inventado, lo iban a utilizar de la forma más incorrecta posible, transformándolo casi en un instrumento de martirio. Es que en esa época no solía hablarse públicamente de ciertas cosas, y por eso Bidet nunca supo que el artefacto sanitario por él inventado, iba a ser utilizado al revés por millones de mujeres en todo el planeta, hasta nuestros días. Parte de la culpa de esta situación –claro- también la tienen los publicistas de Hound & Dogbrand, a los que nunca se les ocurrió editar un manual con las instrucciones para el correcto uso del implemento.

Causa profunda tristeza pensar en las evitables incomodidades a las que gratuitamente se sometieron (y se someten todavía) tantas mujeres en todo el mundo, sentándose ingenuamente de espaldas a la pared, obligándose innecesariamente a verdaderas maniobras gimnásticas para manejar las canillas al revés, sufriendo los sobresaltos derivados de confundir la del agua fría con la de la caliente.

Tano Pratolini, en su “Cronache degli Poveri Moglie”, se refiere a estos asuntos en los siguientes términos: “Solamente a una mujer puede ocurrírsele que alguien va a inventar un aparato para manipular de espaldas. Tal vez la clave del asunto se halle en la ancestral, natural, y conveniente sumisión a la que se ha visto felizmente obligada ésta (mal que nos pese) parte de la especie humana. Es muy probable –reflexiona Tano- que las damas pensaran que el hecho de tener que abrir las canillas sin verlas era una justa expiación del pecado original.”

“Es indudable –continúa Pratolini- que John Keneth Bidet no comprendía un corno la mentalidad femenina. Murió soltero, por lo que nunca supo lo que es discutir con una esposa, ni tuvo alguna vez la más mínima noción de cómo funcionan los procesos cerebrales femeninos (en el caso que los haya). Tal vez si ese hubiera sido el caso, hubiera diseñado su artefacto de una forma adecuada para sus usuarias, es decir: con las canillas adelante”. Pero lo que olvida mencionar Pratolini y nadie ha podido explicar en todo este tiempo, es por qué los hombres, que son tan inteligentes, también usan el Bidet al revés…

EL DERROTERO DEL DR. MAUSOLO HUTCHINSON

(Una biografía geográfica)

Hijo de Isolino Hutchinson y Menarca Malatesta, Mausolo Anibal Hutchinson Malatesta nació el 4 de febrero de 1918 en el Hospedale Italiano de Montevideo Umberto Primo, sito en la intersección del Bulevar General José Gervasio Artigas y la calle Jorge Canning, con entrada por el número 1632 de la primera de las arterias mencionadas.

Al no haber habido ninguna complicación en el parto de su madre, el día 6 del mismo mes ya estaba cómodamente instalado en su cuna, en la habitación de sus padres en la residencia ubicada en la calle Hopa Hopa al 4141 (Prado Norte casi Paso de las Duranas). Allí medró Mausolo durante casi una década, hasta que en enero de 1928 sus padres, aburridos de la chanzas de amigos y familiares, decidieron mudarse a una calle con un nombre un poco más serio.

Fue así que los huesos de Mausolo (junto con el resto de su cuerpo, claro) fueron a parar a la vecina calle Sipe Sipe al 4040, con lo cual el problema se solucionó, pero a medias. Según algunos amigos de la famiia a los que hemos consultado a los efectos de esta biografía y han pedido permanecer en el anonimato, el viejo Hutchinson elegía vivir en esos lugares para disimular su tartamudez.

Mausolo, que en cambio no era tartamudo, concurrió a la Escuela Nº 45 de la Calle Millán al 4271, y luego al Liceo Nº 18, ubicado en el 3852 de la misma avenida. Finalizados pues los estudios primarios y secundarios, realizó luego dos años de cursos preparatorios para el doctorado en Medicina, concurriendo a tales efectos al Instituto Alfredo Vázquez Acevedo, sito en la calle de su pariente Eduardo, al Nº 1475. Fue así que en marzo de 1944 hizo su ingreso a la facultad ubicada en la Avenida Gral. Flores al 2071, de la que egresó título en mano ocho años después, con lo que tenemos que Mausolo se pasó 10 años de su vida viajando en el 148.

Mausolo fue hijo único. Tenía un primo de su misma edad llamado Ulogio, hijo de la hermana de su madre, Madona, pero su relación con él siempre fue muy distante ya que vivía en Italia, en el Nº 31 de la calle Giuseppe Garibaldi de la ciudad de Garessio, provincia de Cúneo, Italia.

Recibido que fue de doctor en Medicina, Mausolo Hutchinson instaló su consultorio a pocas cuadras de su casa natal y de su casa paterna, en la calle Albardón al 4242, pero por poco tiempo, ya que no tenía prácticamente pacientes porque nadie encontraba esa calle.

El que sí encontró algo allí fue Mausolo, y fue nada menos que al amor de su vida, Peripatia Mandorla, la hija del griego Dionisio Mandorla, quién regenteaba una vinería en la esquina de Albardón y Ernesto Herrera (Ernesto Herrera 650), con quién casó el 3 de marzo de 1945 en la Iglesia de la Sagrada Familia (más conocida como Capilla Jackson), en Luis Alberto de Herrera 4146.

Tras la correspondiente Luna de Miel en el Argentino Hotel de Piriápolis (Rambla de los Argentinos s/n), Mausolo y Peripatia fueron a vivir a Pocitos, afincándose (tal vez para facilitarle las cosas a su padre) en la calle Cololó (hoy conocida como Pedro Scoseria) al 2929; instalando consultorio en la vecina calle Achiras al 3030. Pero héte aquí que allí se le presentó el mismo problema que con el consultorio anterior, por lo que a los seis meses, ya algo famélico, comenzó a atender en su propia casa.

Allí vivió el resto de su vida, y allí murió sin dejar descendencia, el 25 de Agosto de 1988, en una cómoda posición (acostado). Actualmente, reposa en el nicho ataúd Nº 689 del Cementerio del Buceo, sito en la Avenida Gral. Rivera Nº 3934, ciudad de Montevideo.

JESÚS IGLESIAS, EL MESÍAS FRUSTRADO DE VILLA COLÓN

A lo largo de los años, varios acontecimientos fueron despertando el espíritu mesiánico en Jesús Iglesias a medida de que iba siendo consciente de ellos. El primero y más obvio fue su propio nombre, de cuya particularidad se percató apenas comenzados sus estudios primarios en el Colegio Pío, ya que los hermanos salesianos no paraban de hacérselo notar. “Llamándote como te llamas, tu estás destinado a hacer grandes obras” le decía siempre el hermano Joaquín al pequeño Jesús, quien pensaba que el cura se refería a que iba a ser albañil como su padre.

No fue así empero, y tras algunos años de peón de chacra, Jesús Iglesias consiguió entrar en el Correo merced a una recomendación que le consiguió su padre gracias a su militancia en el club colorado de la calle Guanahani. Esa fue la segunda señal que recibió Jesús, al que nunca nadie pudo convencer de que lo que decían sus compañeros acerca de que el trabajo de cartero era un apostolado, era nada más que una metáfora.

Peor aún fue cuando se enteró de que a las cartas también se les llamaba “epístolas”. Esa circunstancia fue la que le llevó a perder el empleo, pues agarró la costumbre de abrir y leer toda la correspondencia correspondiente a los destinatarios llamados Pedros, Juanes y Timoteos, hasta que fue descubierto. Para ese entonces, ya estaba casado con Dolores De los Santos, a quien había conocido en una kermese del colegio de las Hermanas Alemanas, y con la que debió casarse tras una noche de sbornia, ante la insistencia de la chica y la escopeta de su padre, el viejo Inocencio. Esa fue la tercera señal que recibió Jesús, y bautizó a su hija como Eva Angélica.

La cuarta señal que recibió Jesús Iglesias fue cuando se dió cuenta de que su esposa había terminado llamándose Dolores De los Santos de Iglesias, y la quinta cuando se percató de que su hija resultó ser Eva Angélica Iglesias De los Santos. Por un momento pensó en hacerse mormón, pero en los últimos días, y aprovechando que seguía desocupado tras ser destituído del correo, al igual que varios chacreros de Melilla que hacían feria, creyó que no resultaría cosa buena tanta intermediación y decidió fundar su propia iglesia para que el contacto con el Señor fuera más directo.

Fue así que finalmente se cumplió la profecía del hermano Joaquín y Jesús terminó albañileando como su padre. Poco a poco fue construyendo su templo en un hermoso y agreste solar que ocupó en la calle Galileo (esa fue la sexta señal, pero demoró en darse cuenta) y el arroyo Pantanoso, mientras su esposa y su hija vendían ballenitas en los ómnibus para poder parar la olla.

Con unos bloques robados por aquí, unas maderas requechadas en el basural cercano y unas chapas hurtadas por allá, poco a poco y ayudado por sus vecinos (que al parecer trabajaban de noche, pues estaban todo el día mayormente sin hacer nada) Jesús fue levantando su templo. Cuando algunos de sus futuros feligreses le donaron unos hermosos bancos igualitos a los de las paradas de los ómnibus, Jesús estuvo pronto para comenzar su apostolado.

Más ahí le surgió un problema con el que no había contado: ¿cual sería el sujeto del predicado de su verbo? Porque hasta ese momento, Jesús nunca se había puesto a pensar qué sería lo que diferenciaría a su iglesia del resto, cual sería el leit motiv que convertiría a su iglesia en un templo sui generis que atrajera al populorum. Que había un Dios todopoderoso en el cielo, eso ya estaba. Que la Biblia era el libro que recogía las palabras que él había inspirado en un variopinto conjunto de gente a través de los siglos, también ya estaba. Que Jesús era el hijo de Dios y a la vez Dios mismo, también.

El templo estaba pronto y los feligreses deseando inaugurarlo, pero pasaban los días y Jesús no se decidía. Leía la Biblia para un lado, la leía para el otro, y nada. Habló con un pastor evangélico; con un bautista; con un pentecostal; con un testigo de jehová; con un anabaptista; con Ana Batista misma, una vecina de Sayago, etcétera, etcétera, para ver si encontraba alguna diferencia que justificara la fundación de una nueva iglesia, y nada.

Al final, aburrido de escuchar estupideces, Jesús Iglesias abandonó su mesianismo y utilizó el galpón que había construído para armar un bailongo de cumbiamba, al que puso por nombre “El Templo de la Villa”. Tal fue el suceso obtenido, que actualmente Jesús y su familia viven en Parque Miramar, Eva Angélica va al Colegio Alemán, Dolores juega al rummy en el Carrasco Lawn, y Jesús es directivo de Casa de Galicia, donde hace y deshace otra que como el Galileo, como el Padre mismo.
- -
(*) Todas las personas e instituciones mencionadas en este texto son totalmente ficticias, y no puede haber ningún parecido con la realidad ya que estas fantasías descabelladas existen solamente en la mente (mejor dicho: en lo que de ella queda) de quien las ha escrito.

JOHNNY LINGHAM, SALVADO POR LA IGNORANCIA


En la vida hay personas que nunca pueden olvidarse, imborrables individuos que siempre guarda la memoria, por uno u otro motivo. A algunos, los recordamos por sus obras, como al Dr. Luis Morquio o a José Piendibene. A otros los recordamos simplemente por el parentesco, como a mi tío Antonio Pérez, que si lo ví mas de una vez en mi vida, ya no me acuerdo. A otras personas, en cambio, las recordamos simplemente por su nombre, y ese es el caso de Johnny Lingham.


¿Qué podría contarles de Johnny Lingham que valiera la pena contarse? Hago memoria, estrujo mis sesos, doy vueltas a la habitación con pasos enérgicos, las manos cruzadas a mis espaldas, y no recuerdo nada digno de contarse. Lo único que puedo decir de Johnny Lingham es que ligó mal. Nacido en 1955, vino a convertirse en adolescente en pleno auge del hinduismo y el sexo tántrico, por lo que sus compañeros de estudios lo agarraron para andar desde el primer día de clase.

Al principio, Johnny se limitaba a ponerse colorado y a blasfemar para adentro, pero con el correr de los meses y el aumento de las sádicas insidias de sus congéneres y coetáneos, tradicionalmente adolescidos de la más mínima piedad, decidió hacer gala a su nombre y convertirse en un obseso sexual y un depravado. Para lograr tal objetivo comenzó por cometer pequeños latrocinios con el fin de hacerse de la base teórica para la corrupción de su espíritu. Con los reales hurtados del monedero de su nonagenaria abuela y de la alcancía de su hermanita de seis años, Johnny fue comprando libros tales como el Kamasutra; Memorias de una Princesa Rusa; La Venus de las pieles, y revistas como El Pingüino y Rico Tipo.

Pero Johnny nunca pudo lograr su objetivo, pues la abuela y la hermana se quejaron a su padre, para mayor desgracia el mismo día en que nuestro malhadado amigo se había quedado con el vuelto de la carnicería, adonde la madre lo había mandado a comprar unas costillas sin lomo para el almuerzo, pues quería comprarse Los cantos de Maldoror. Cuando el viejo Lingham se enteró, le dio tantos zapatillazos en el traste que a Johnny se le fueron todas las pavadas.

También le hizo dejar el liceo, y lo puso a trabajar de changador en el Mercado Modelo, donde nadie había oído hablar nunca ni del yoni ni del lingam (por lo menos con esos nombres), y donde sus compañeros lo iniciaron en las verdaderas lides carnales, haciéndolo debutar con la Shirley en el prostíbulo de la calle Trento. Fue así que Johnny Linghan pudo ser feliz gracias a la ignorancia de su entorno (de la que –como por suerte suele suceder- se fue contagiando paulatinamente) hasta llegar a casarse y tener hijos y a –en definitiva– tener una vida vulgar e intrascendente, como la de la mayoría de nosotros.

AGATHA FLORA, ESA GRAN DESCONOCIDA


Desde la invención de la escritura, la abrumadora mayoría de las personas que la han usado, lo han hecho en forma privada. Muy pocas (algunas decenas de miles entre miles de millones), han escrito para que las demás gentes las lean.
El caso de Isolina Hudson no es excepción a esta regla. Nacida en una acomodada familia patricia hacia fines del siglo XIX (Isolina siempre ocultó el año de su nacimiento, por lo que no sabemos exactamente cuando ocurrió), tuvo temprano acceso a la nutrida biblioteca familiar, lo que la convirtió en una voraz lectora primero, y en una prolífica escritora después.

TOMÁS ALVA GINASTERA, UN POETA DE LA GRAN PUTA


“Con Tomás nos criamos juntos, éramos como hermanos –cuenta Edgar Allan Ginastera recordando al gran poeta maldito del Barrio Atahualpa– “era el favorito de papá y mamá, pero yo igual lo quería mucho” –se disculpa con una sonrisa. Así comenzaba el viaje al pasado del hermano de Tomás Alva Ginastera en busca del recuerdo de su alterocigoto, la tarde otoñal del pasado 4 de Abril, al cumplirse cuarenta años de su repentina desaparición física. “Dejó un vacío imposible de llenar, hasta hoy estoy pagando las cuentas, se fue a la mierda y me dejó en pelotas, siempre fue un reverendo hijo de mil puta”, nos confió alguna vez Laura, su primer (y única) esposa. En efecto, el 4 de Abril de 1968, Tomás Alva Ginastera salió de su casa “a comprar cigarros”, pero no especificó adonde. Nunca más se le volvió a ver.

“Es verdad, era muy artista pero también muy travieso”, concuerda su hermano Edgar mientras un escalofrío o un asomo de Parkinson lo estertora, y agrega: “De pequeño le había dado por las artes plásticas, recuerdo como si fuera hoy el día en que mamá descubrió los altorelieves eróticos que había hecho pegando mocos en la parte de atrás de la cabecera de la cama, los gritos se sentían de la esquina, mamá tuvo que comprarse un par de chinelas nuevas”, rememora entornando sus ojos húmedos y opacos.

Pero no serían las artes plásticas sino la poesía, la que haría ingresar a Tomás Alva en el Parnaso Oriental. Dueño de un posmodernismo avant la letre y hostil a los cenáculos, hacia 1948 el bardo del barrio Atahualpa comenzó a divulgar sus creaciones escribiendo con un lápiz de tinta en las puertas de los baños públicos. Cientos de poesías de Tomás Alva se podían leer por ese entonces en los retretes de los bares, los restaurantes, los cines, los teatros, los estadios, y los prostíbulos montevideanos.

Alumno dilecto y autodidáctico de Francisco Acuña de Figueroa, Ginastera optaba por una rima vivaz, sonora y meticulosa que le propinó legiones de admiradores. Muchos de los versos que aún hoy se leen en esos lugares son de su autoría; entre ellos destacan “En este lugar sagrado” y “Puto el que lee ésto”.

“No, nunca le conocí trabajo”, responde su hermano a nuestra correspondiente pregunta, “él siempre vivió para el arte, se sentía artista desde chiquito, y decía que los artistas no pueden laburar si quieren ser artistas”. De una manera o de otra, Tomás Alva fue sobreviviendo y creando. Al terminar la escuela, a los 17 años, conoció a Margot, una prostituta francesa que se transformaría en su mecenas y financiaría la edición de su primer opúsculo (“Los cantos del Mal Olor”, Imprenta Minerva, octubre de 1949); de su primer libro propiamente dicho (“Para qué te voy a contar”, Ediciones Ciudadela, marzo de 1950); y de su segundo (“Alturas del Miguelete”, Barreiro y Ramos, abril de 1950).

En la noche del 5 de mayo del crudo invierno de 1951, en medio de una borrachera particularmente espesa que se había agarrado en El Perro que Fuma, Tomás Alva compuso la que sería su obra más conocida: “Juancito de Juan Moreira”, una poesía basada en la música del Pericón Nacional que luego, por la voz de múltiples cantores populares, terminaría convirtiéndose en su letra prácticamente oficial. “Que yo sepa, nunca escribió una línea fresco”, rememora su hermano al recordar la circunstancia. “Iba de pedo en pedo, más aún, yo diría que desde que dejó la escuela su vida fue como el mes de Enero… nunca tuvo un día fresco” cuenta y ríe Edgar Allan.

“Zum Felde se arrepintió de no haber incluído a Tomita en El Proceso Intelectual del Uruguay, pero nunca quizo reconocerlo”, sigue relatando el hermano del bardo, y agrega: “para él mi hermano era un relajado y un guarango. Una vez se encontraron en una milonga y Tomita le dijo en la cara ‘no es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo encerrado, su canto asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres’, tomá pa vos y para tu tía Gregoria, ¡Jah!”, se regocija Edgar Allan mientras se suena la nariz.

La relación entre Tomás Alva Ginastera y Margot comenzó a deteriorarse en forma paralela y directamente proporcional al deterioro físico de la segunda. Es así que en junio de 1951, tras propinarle una soberana paliza, Tomás Alva abandona a su mentora y se amanceba con Julita Ponce de León, una joven pituca deslumbrada por su manera de bailar el tango con cortes y quebradas y la boquilla de marfil con la que el bardo fumaba sus Republicana XXX.

Bajo su amparo, Tomás Alva editaría la mayor parte de su obra poética (“Estos son los versos tristes”, en 1952; “Uno es verde y el otro es marrón”, en 1953; “Serenata a la luz de la Ute”, también en 1953; “Oda al disimulo”, en 1954; y “Canto Coronel” (obra en la que según el crítico paulista Thiagho da Ghamha se basaría Pablo Neruda para escribir su casi homónimo “Canto General”) también en 1954.

La relación entre Julita y Tomás Alva se mantuvo con altibajos (dos por tres él la tiraba a ella por la ventana, sólo “per codere”, como decía) hasta enero de 1955, cuando ella descubrió que el bardo mantenía una garçonière en una bohardilla en Circunvalación Durango, frente a la Plaza Zabala, donde todos los fines de semana organizaba orgías homéricas que hacían honor al nombre de la calle. La relación terminó bruscamente, con Julita internada en traumatología y la policía buscando infructuosamente a Tomás Alva. Pasadas unas semanas y unas libras esterlinas al comisario de la Seccional 1ª, el poeta retornó a la bohardilla, a su vida de excesos, y a la creación.

Fue 1955 el año que vio nacer dos de sus más famosas creaciones. En el mes de octubre (cuando recién pudo agarrar el lápiz, dicen unos; como homenaje al día de la Raza, dicen otros) sacó a luz “Los hermanos Pinzones”. Hacia fines de noviembre, compuso y publicó “De qué color” su letra chuzca para la Marcha de San Lorenzo, obra que le haría trascender fronteras, logrando un suceso espeluznante en los bajos fondos de la ciudad de Buenos Aires, desde donde fue reclamado por Francisco Canaro para que le compusiera varias letras de tangos que luego firmó con su nombre (con el de él: Francisco Canaro).

“Tomita nunca contó mucho de esos años que pasó en Buenos Aires –rememora su hermano Edgar Allan– a mi me parece que era porque Canaro lo tenía amenazado con algo, aunque él nunca habló mal de él (Tomás Alva de Francisco, claro), y eso es precisamente lo que me lleva a sospechar” agrega con una mueca indescifrable en su ajado rostro. “Lo único que contaba Tomita de Canaro –continúa relatando su hermano- era que el maestro maragato era un tipo tan fatuo que había hecho poner sus iniciales en todas las canillas de su casa… “

Fuera como fuere, hacia 1960 encontramos a Tomás Alva Ginastera de nuevo en Montevideo, ahora al frente de “Copen-hage” un bar de coperas en la calle Piedras al 300. Allí conoció a Laura, quien lograría llevarlo hasta el altar fingiendo un embarazo con un almohadón de plumas y dándole a beber un litro de ajenjo. Repuesta de la paliza, además de en su esposa, Laura se convertiría en su socia en el negocio, pero no lograría nunca separar al bardo del mostrador.

Dice la leyenda que durante esos ocho años que corrieron desde la vuelta de Buenos Aires y su repentina desaparición física, con el seudónimo de Ben Molar, Tomás Alva Ginastera se dedicó a componer temas para distintos artistas argentinos, como Jolly Land, Lalo Fransen y Nicky Jones, pero ninguna prueba hay de ello.

Antonio Tormo contó una vez que lo vió en Nueva York en el año 75, vestido con traje y sombrero blanco, con cadenas de oro en el cuello y una rubia en cada brazo, pero que Tomás se hizo como el que no lo conocía, a pesar de haberle escrito gran parte de la letra de “El rancho è la Cambicha” (o precisamente a raíz de ello, pues Tormo nunca le pagó un cobre por derechos de autor).

La última vez que alguien dijo haber visto a Tomás Alva Ginastera fue el 1º de marzo de 1985, cuando el Negro Zulú creyó reconocerlo entre los guitarristas que acompañaron a los Hermanos Mejía Godoy en su actuación en la explanada de la Intendencia, pero el dato puede ser falso dado que nunca se supo que Tomás hubiera aprendido a tocar la guitarra.

Fuere como fuere, y estuviere donde y cómo estuviere su cuerpo, lo importante es que la obra de Tomás Alva Ginastera ya es imperecedera. “Tomita” renacerá de nuevo cada vez que alguien lea en la puerta de algún excusado sus inmortales versos: “En este lugar sagrado donde acude tanta gente…” Y eso no es para cualquiera.

EL TRÍO PATRIA GAUCHA, VANGUARDIA DE LA WORLD MUSIC

Todos los especialistas en música popular rioplatense coinciden en señalar que, luego del Irusta-Fugazot-Demare, el más alto exponente del género fue el trío Patria Gaucha. A pesar de haber caído hoy en el olvido, en su momento su popularidad no le fue en zaga a la de sus ilustres contemporáneos, aunque en distintos lugares. Es así que mientras el Trío Argentino que conformaron los porteños Agustín Irusta y Lucas Demare con el uruguayo Roberto Fugazot triunfaba en Europa y en México, el trío Patria Gaucha hacía lo propio en Montevideo y en Madagascar.

Este excepcional conjunto típico nacido en el invierno de 1927 en el prostíbulo de la localidad de Bañado de Medina, estaba originalmente integrado por Artajerjes Julio en xiqus, Larrañaga Herrera en trombón de vara, y Casimiro Obes en triángulo, alternándose los dos primeros en la parte vocal. En sus comienzos, su impericia provocaba que –en lugar de alternarse– sus voces se superpusieran, lo que daba como resultado una extraña forma de dúo asincrónico. Al contrario de lo podría pensarse, fue esa precisamente la clave del éxito del trío formado por Julio, Herrera y Obes,

Son hasta hoy recordadas sus versiones de “Palomita Blanca” y “Yo no sé qué me han hecho tus ojos”, en las que los espectadores estallaban en aplausos cuando Julio y Herrera, vestidos de gauchos, cantaban al unísono la segunda, una estrofa cada uno pero los dos a la vez: “Tus son ojos luces para de mi ilusión, que que alumbra albergo la para pasión ti”, al son del triángulo de Obes. Pero esa formación duraría pocos meses, debido a que Obes prefirió seguir dedicándose al abigeato y dejó su lugar a Rabindranath Reissig, quien con la sonoridad de su timbal le dio al trío su forma definitiva y característica.

La fama de Julio, Herrera y Reissig trascendió rápidamente, y en enero de 1928 ya estaban presentándose con gran éxito en el Salón Rosé de Montevideo, donde causaron verdadera sensación, actuando durante un mes seguido a sala llena. Sin embargo, sus ansias por ser veraces y correctos en el cantar, les enfrentarían con la curia y provocarían desastrosos resultados.

Cuando monseñor Jacinto Vera escuchó la versión que el trío hacía de “El día que me quieras”, puso el grito en el cielo, y no descansó hasta lograr que fueran expulsados del país. ¿Era para tanto? Bueno, es que cuando no optaban por el asincronismo simultáneo, Julio y Herrera pluralizaban el sujeto de las canciones. Es así que en el caso citado, por ejemplo, cantaban a dúo: “El día que nos quieras, la rosa que engalana…”, “Al viento las campanas dirán que ya eres nuestra”, “Luciérnaga curiosa que verá… ¡que eres nuestro consuelo!”, y así todo. Muy aplaudida fue su versión del tango “Uno”, que ellos rebautizaron “Nosotros”. Vale la pena recordar la adaptación que Julio y Herrera hicieron del texto discepoliano. Así lo cantaban, al son del timbal de Reissig:

“Nosotros buscamos llenos de esperanzas / los caminos que los sueños / prometieron a nuestras ansias / Sabemos que las luchas son crueles / y son muchas pero luchamos y nos desangramos / por las fés que nos empecinan / Nosotros vamos arrastrándonos entre espinas / y en nuestros afanes de dar nuestros amores / sufrimos y nos destrozamos hasta entender / que nos hemos quedao sin corazones / Precios de los castigos que entregamos / por unos besos que no llegan / a unos amores que nos engañaron… / ¡Vacíos ya de amar y de llorar / tantas traiciones! / Si nosotros tuviéramos los corazones / (¡Los corazones que dimos!…) / Si nosotros pudiéramos como ayer / querer sin presentir / Es posible que a vuestros ojos / que nos gritan sus cariños / los cerraríamos con nuestros besos… / Sin pensar que eran como esos / otros ojos, los perversos, / los que hundieron nuestros vivires / Si nosotros tuviéramos los corazones / (¡Los mismos que perdimos!…) / Si olvidáramos a las que ayer / los destrozaron y… pudiéramos amarlas / nos abrazaríamos a vuestras ilusiones / para llorar vuestros amores”.

Para monseñor Vera, ésta manía del trío por pluralizar los textos de las canciones, no era un formalismo sino una clara incitación al menage a trois, a la concuspicencia y a la promiscuidad contumaz, es decir: al pecado. Pero la gota que colmó el vaso de la paciencia de monseñor fue la versión masculinizada de “Se dice de mi” que Rabindranath Reissig cantaba acompañado por el xiqus de Julio y el trombón de Herrera, que decía: “Si soy fiero se que, en cambio, / tengo un cutis de muñeco, / los que dicen que soy chueco, / no me han visto en camisón / Se dicen muchas cosas, / mas si el bulto no interesa, / ¿porque pierden la cabeza / ocupándose de mí?…”

El pelado prelado presionó pues al presidente Juan Campisteguy –por otro lado, gran admirador del Trio– amenazándolo incluso con la excomunión, si no ponía coto a la pecaminosa prédica de Julio, Herrera y Reissig. Fue así que el 1º de febrero del mismo año de su debut triunfal en la capital, Artajerjes Julio, Larrañaga Herrera, y Rabindranath Reissig, fueron subidos amordazados y atados de pies y manos en el carguero de la marina austríaca “Francisco José”, que tenía como destino la ciudad de Praga vía Canal de Suez. Esta coerción no fue del gusto del capitán del navío, el belga Wellington Bonaparte, quien a poco de salir de puerto decidió desatar a los músicos y los incitó a que amenizaran el viaje con su música.

En la noche del 2 de febrero de 1928, al escuchar los sones del primer tema que el Trío Patria Gaucha interpretó en su honor (la “Marcha de la Serpentina”), el capitán se dio cuenta del error que había cometido, pero ya era demasiado tarde; los senegaleses que integraban mayoritariamente su tripulación quedaron encantados con las melodías de Julio, Herrera y Reissig. Fue así que el xiqus de Julio, el trombón de Herrera, y el timbal de Reissig, sólo se detuvieron cuando 5 días después, navegando por el canal de Mozambique, el capitán Bonaparte avistó la costa de la isla de Madagascar; y sin pensarlo un segundo, y aprovechando que los senegaleses estaban durmiendo, el marino belga mismo, a punta de pistola, ordenó a los músicos subir a uno de los botes salvavidas y los desembarcó en una playa desierta.

Desembarcados que fueron los músicos y sus instrumentos en la playa, Julio y Herrera se encogieron de hombros y comenzaron a caminar, desoyendo las airadas protestas de Reissig, quien los seguía con dificultad haciendo rodar su timbal por la parte húmeda de la arena, esquivando las salpicaduras de las olas y las dentelladas de los cocodrilos, maldiciendo por no haber dicho que sí cuando Obes le quiso regalar su triángulo.

Los tres orientales caminaron y caminaron por la inhóspita costa de Madagascar en busca de algún rastro de civilización. Nunca lograron encontrarlo, pero cuando estaban a punto de desfallecer, luego de una larga hora de caminata, divisaron unas chozas y hacia ellas se dirigieron famélicos y sedientos. Era ni más ni menos que Tananarivo, la capital de Madagascar. Hordas de malgaches comenzaron a seguirlos a distancia, asombrados por el color de su piel y los extraños instrumentos que portaban. Temerosos, pero acordándose de aquello de que “la música amansa a las fieras”, Julio, Herrera y Reissig buscaron la sombra de un baobab y comenzaron a interpretar temas de su repertorio.

Cuenta la leyenda que los nativos quedaron atónitos no más escuchar los primeros acordes de “Taquito Militar”, la pieza con la que el Trío Patria Gaucha comenzó su exitosa etapa malgache. Primero decenas, luego centenares, y finalmente miles de salvajes, terminaron bailando y festejando la música de Julio, Herrera y Reissig como nunca antes nadie lo había hecho. En sus memorias, Larrañaga Herrera cuenta que ese sólo día recibieron 732 raíces de yuca, regaladas por los nativos en reconocimiento y agradecimiento a su arte.

Pocos días después, los tres ya estaban amancebados con unas docenas de nativas del lugar, y hacia la primavera habían decidido quedarse a vivir en aquel país que tanto valoraba su música, entre otras cosas. Con las ganancias producidas por la venta de las raíces de yuca que les regalaban los nativos, Artajerjes Julio, Larrañaga Herrera, y Rabindranath Reissig, pusieron un cabaret, y en él actuaron todas las noches, siempre a sala llena, durante los siguientes 70 años, momento en el que los descubrió Ray Cooder y los hizo famosos mundialmente con el nombre de “Malgache Social Club”.

Actualmente, Artajerjes Julio, Larrañaga Herrera, y Rabindranath Reissig viven en una próspera y lujosa finca ubicada a las afueras de Tananarivo, acompañados de sus 36 esposas y algunas decenas de hijos, nietos, bisnietos, y tataranietos. Continúan cantando en español a pesar de que los malgaches siguen sin entender un corno lo que dicen. Eso sí, Reissig ha sustituído su timbal por el triángulo, más que nada para poder hacer las campanitas de “El Día que nos quieras”.

ASURBANIPAL RODRÍGUEZ, EL QUE BUSCA NO SIEMPRE ENCUENTRA

Cuando –ya mayorcito y resignado– Asurbanipal Rodríguez preguntó a sus padres por qué le habían puesto ese nombre, ellos le respondieron que durante su luna de miel, les había impresionado mucho un artículo sobre la antigua Persia publicado en el Almanaque del Banco de Seguros del Estado, y por eso decidieron poner los nombres de sus reyes a todos los hijos que tuvieran. Fue así que el primogénito de los Rodriguez fue bautizado Ciro y salió médico, el segundo Darío y salió jugador de fútbol, y el tercero Asurbanipal, y salió escritor. “Ché, viejo, ¿y no había otro nombre más potable?” –preguntó el Pocho (que así le decían en casa) a su padre un día de 1963 mientras tomaban mate en el fondo, abajo de la parra.

“Llamáte contento de que no te pusimos Artajerjes” –le respondió escueto el viejo Rodríguez (que por más datos se llamaba Rodrigo). Mas tarde, mirando la lista de reyes persas, Asurbanipal no pudo menos que coincidir con la reflexión de su padre: además de Artajerjes, podría haber terminado llamándose Nabucodonosor (que parece nombre de desodorante); Malamkurkura (la boca se te haga a un lao); Zababa (un asco, propiamente); Nabonassar (dios no te oiga), o Nabonido (peor que peor). Hamurabi, en cambio, no hubiera estado tan mal –pensó el Pocho– hasta suena tanguero, hasta suena, pensó, dijo.

Y ahí lo tenemos entonces, al Asurbanipal (Pocho) Rodriguez, que ya de chiquito quería ser escritor, pero con ese nombre no iba a poder. En fin, que el pochito salió de la escuela con unos músculos bárbaros, pues como nunca faltaron los compañeritos que le hacían chanzas con su nombre, buscando la rima fácil o agregándole letras, se pasó los seis años a las piñas.

En el liceo fue distinto, no sólo por la típica hipocresía de los adolescentes, que prefieren la calumnia anónima al grito público; sino porque el Pocho tenía un lomo bastante respetable y nadie quería que le rompieran la nariz por hacer un chiste bobo.

De todas maneras, desde el momento en que –cuando cursaba el primer año de la secundaria– escribió su primer texto, el Pocho ya comenzó a buscarse un seudónimo. Claro que su obra fue avanzando muy lentamente, pues la mayor parte del tiempo se la pasaba ensayando nombres alternativos.

Una vez encontró uno que le satisfizo mucho, combinaba el nombre de un rey español con un apellido netamente italiano; pero cuando llevó sus originales a la editorial Linardi y Risso, orgulloso del seudónimo que había encontrado, Linardi lo miró de arriba a abajo y le dijo muy seco: “Juan Carlos Onetti ya hay uno, búsquese un seudónimo”. “Y además cámbiele el nombre al libro –agregó Risso– que ‘Montevideanos’ también ya hay uno”. Cabizbajo y meditabundo volvió el Pocho al hogar, se fue para la pieza sin cenar, y escribió un tango al que puso por nombre “Uno”, ya que era el primero que escribía…

El Pocho iba armando y descartando seudónimos, que Carlos María Domínguez, que Eduardo Hugues, que Schubert Pérez, que Mario Benedetti, que Carlos Magic, pero no tenía suerte, o ya había o terminaban por no gustarle. Una vez buscó un nombre bien raro, y lo combinó con un apellido muy común, pero tampoco tuvo suerte: Felisberto Hernández ya había. Volvió a usar el mismo mecanismo pero manteniendo su apellido real para reducir riesgos, pero no hubo caso, Emir Rodríguez también había.

Lo terrible del drama de Asurbanipal Rodríguez no era tan sólo que no encontraba un seudónimo que lo satisficiera plenamente y le permitiera desarrollarse cabalmente como escritor. El problema principal era que se pasaba la mayor parte del tiempo buscando seudónimos y no escribía un pomo.

Bueno, a ver, conjuguemos bien: El problema principal de Asurbanipal Rodríguez fue que se pasó toda la vida buscando un seudónimo y nunca llegó a terminar un libro. Una desgracia, dirán algunos. Tal vez. Una verdadera suerte, dirán otros. Es posible. Nunca lo sabremos. Culpa del Almanaque del Banco de Seguros. Si ese año hubieran puesto un artículo sobre los reyes ingleses, a lo mejor el Pocho se hubiera llamado Enrique Rodríguez y ahí tendríamos sus libros tan campantes en las estanterías… ¡Ay no! Enrique Rodríguez también ya hay…

LA INCREÍBLE PERIPECIA DE DUVIMIOSO HACKENBRUSCH


Todo en contra, y sin embargo...

Duvimioso Hackenbrusch nació el 6 de enero de 1901 en una casa de inquilinato ubicada en el número 1080 de la calle Cuareim de la ciudad de Montevideo. Su madre, Duvimiosa Spencer, era de origen bantú, y las raíces de su padre, Abenámar Hackenbrusch, se hundían en la roja tierra de Abisinia, o Eritrea, o Etiopía (vaya uno a saber).

La infancia de Duvimioso transcurrió entre la escuela Nº 4 de la calle Ibicuy (donde debido a su fecha de nacimiento, sus compañeritos le llamaban “Basaltar”), las tamborileadas de los sábados a las puertas de su casa, y la sinagoga de la calle Maldonado, donde hasta el día de hoy se recuerda la inolvidable actuación de la Negra Johnson en su Bar Mizvá.

En 1919 comenzó a trabajar en el Servicio de Necrópolis Municipales, en 1921 se afilió al Partido Comunista, y entre1922 y 1933 jugó como base en el Club Atlético Goes. Allí conoció a Roberto Austerlitz, quien sería su compañero sentimental hasta que en 1936 partiera a luchar en la guerra civil española, en filas de la falange.

La II Guerra Mundial encontró pues a Duvimioso lejos de Austerlitz, internado en el Sanatorio Saint Bois, y desempeñándose como crítico literario del diario “Justicia”. Allí en el Saint Bois conoció a Joaquín Torres García, quien a su solicitud pintó el mapa de América del Sur en su histórico tambor piano de 30 kilos. Por distraído, Duvimioso le dió a Torres el tambor al revés, y fue precisamente cuando lo enderezó para ver cómo había quedado, que hizo su aporte mayor a la pintura uruguaya, dándole una nueva perspectiva del mundo al gran maestro del constructivismo.

De todas maneras, no sería el Saint Bois sino el Instituto Hanseniano (donde Duvimioso tuvo una estadía mucho más prolongada) el que dejaría huellas indelebles en su vida y modificaría sustancialmente su manera de tocar el tamboril, logrando desde entonces unos tonos graves desconocidos hasta el momento.

En 1945 la Editorial Pueblos Unidos publicó su primer obra: “Así se templó la lonja”, en la que Duvimioso retrata crudamente la lucha de clases en la escuela de la calle Ibicuy (el capítulo “Los de 4to. A contra los de 5to. B” es una pieza antológica, que sería incluída –precisamente– en la excepcional “Antología Fundamental de las Letras Latinoamericanas” – Editorial Progreso, Moscú, 1955).

Luego vendrían “Crónica de los amantes pobres”, una novela autobiográfica inspirada en la obra de Vasco Pratolini donde cuenta embozadamente su frustrada relación con Austerlitz (“Rosita” en el libro); “Banderas en Las Torres”, sobre los avatares de los habitantes de las cercanías del Paso de la Arena; y su famosísimo “Manual para Necrofantes y Necromantes”, inédito hasta el día de hoy.

Hackenbrusch alternó su creación literaria y la lectura de la Torah con una activa militancia sindical y política (fue secretario de finanzas de la Regional Sur y 19º candidato a edil por la lista 69 en las elecciones de 1942), pero sin descuidar nunca el tambor, el baile y el canto. Con su comparsa “Los Guerreros del Neguev” y con el nombre artístico de “El Negro Pololo”, no sólo no faltó a ningún desfile de Llamadas, sino que periódicamente realizaba funciones de beneficencia en el Teatro Zhitlovsky.

En 1955 abandonó el PCU junto a su admirado Eugenio Gómez y comenzó a militar en la Unión Cívica, donde llegó a ser secretario de finanzas de la Regional Única, primer candidato a edil en las elecciones de 1959, 1963 y 1967, y jefe de la página literaria de El Bien Público. En 1973, víctima de la persecución política, debió abandonar el país, y desde ese entonces vive en un Kibutz en el añorado desierto de sus “Guerreros” del tamboril.

En la Tierra Prometida, tras un breve paso por el Likud, Duvimioso recaló en el Mafdal, donde llegó a ser secretario de finanzas de la Regional Sur y 119º candidato a la Kneset en las elecciones de 1976, 1980, 1984 y 1992 (en 1988 no se presentó porque estaba haciendo el servicio militar voluntario); pero desde hace años se dedica exclusivamente al cultivo de hortalizas y a escribir una columna semanal sobre sexología en el periódico “Hamodia”.